martes, 3 de marzo de 2009




-Perdone, ¿han recibido una brújula en objetos perdidos?


La cara de negación del dependiente fue suficiente para ver mi reflejo en ella. Una cara triste, con las pupilas apagadas, las mejillas caídas y los labios cansados de sonreír.

Cuando perdí mi brújula no me di cuenta, es obvio. Estaba distraído con los quehaceres de la tarde, ofuscado en los problemas que surgían hasta que caí en la cuenta de la hora que era. Demasiado tarde para merendar y demasiado pronto para cenar. Una hora en que comprendí que no sabía dónde estaba. Realmente, ¿qué había hecho para llegar a ese estado de desorientación? Vulgarmente diría que perdí el norte. Una sensación de tristeza interior, un hueco ocupado por un vacío repentino sin causa aparente. ¿Qué puedo haber perdido si siempre he pensado que no me ha faltado nada? Más bien, era tanta la seguridad que tenía en no faltarme nada, que con una simple duda sobre ello, se me ha desmoronado el castillo de naipes. En principio, esa seguridad se ve hundida en un instante porque es un proceso mental sin fundamento, nada más. Puedes estar hundido en la miseria y pensar que no te falta nada. Depende de cómo mires el vaso, medio lleno o medio vacío. Pues hoy parece ser un día en que el vaso no está medio vacío, sino que directamente tiene un agujero en la base.


Y es que te pones a pensar, y es verdad, hay "cosas" que se echan en falta. Cosas que en realidad son personas, que has perdido o que no pueden estar a tu lado por alguna razón. Personas con las que compartes tu día a día pero sólo queda en eso. Personas con las que se podría llegar a un nivel superior y que por las circunstancias no se da el caso, una lástima. Siempre queda el tiempo y esperar a que algún día ocurra esa chispa que motive una conversación, transcendental o no, pero con "chicha" -como diría alguna bióloga-. A este incentivo del tiempo, se le añade un problema, que es pensar en el problema. Parece extraño, pero pensar o preocuparse por algo, tener miedo de perderlo sólo nos crea miedos y nuevos problemas añadidos (valga la redundancia). ¿De qué sirve pasar el tiempo, con el que podrías disfrutar de alguien o de algo, pensando en qué día vas a perderlo? Simple y llanamente, no vale la pena. Pero ese es el misterio del cerebro que se enfrasca en pensamientos que no producen beneficio alguno.


Es por eso que debí disfrutar de esa brújula que me mostraba el rumbo del sendero a mi destino hasta el último segundo y no vivir preocupado por perderla hasta que, definitivamente, y sin darme cuenta, la he perdido. Pues bien, reconocer su desaparición es un buen comienzo para reconstruirla y aprovechar este proceso para mejorar algunos detalles o inexactitudes de la misma. De este modo mejoraremos lo anterior e incluso puede que me marque senderos alternativos para llegar antes, como un dispositivo GPS.


Dejando nuevas tecnologías aparte, el hecho de preocuparse por estas cosas parece un sinsentido porque con las vueltas que da la vida, hoy estás abajo, mañana arriba, hoy aquí y mañana allá. Únicamente las podremos recordar y sopesar en nuestros últimos días, nunca antes porque sino acabaremos perdiendo otra vez esa brújula interna que sigue nuestros pasos día a día.



Como has visto, he hecho la denuncia de la desaparición, en una entrada de la cuál he salido reconfortado y, finalmente, concluyo diciendo que la causa o el efecto -quién sabe si fue antes la gallina que el huevo- ha sido fruto de un día "extraño", "atípico" pero siempre acompañado por esa "brisa del norte".

Gracias.


...cómo decirte,
que me has ganado poquito a poco,
tú que llegaste por casualidad...

~Todo por hoy~


Atte: Carlos

1 comentario:

Elena dijo...

Es más fácil pensar en las cosas malas que en las buenas.

Lo bueno es efímero y no suele durar para siempre.

A mí, tu texto me recuerda a las palabras "felicidad eterna".


Se puede alcanzar... durante unos instantes.

Un saludo.