Suena el despertador y con él comienzan a entrar los primeros rayos de un lunes cualquiera por las rendijas de la persiana bajada. Todavía cuesta abrir los ojos y pese al calor inminente las sábanas se siguen pegando.
Volviendo a releer la postal, pienso qué debo hacer. Quizá debería disfrazarme, ponerme un bigote y unas gafas de sol, llegar al Café y esperar. Aguardar en la penumbra de la última mesa y esperar. ¿Esperar a qué? ¿A quién? La imagen de la postal lo dejaba bien claro, pero cabe la posibilidad de ser una broma o un malentendido. O llego a las 4 en punto y me expongo a todo, desarmado, sin ninguna posibilidad de reacción. Sí, creo que es mejor ir antes, familiarizarme con el local. Al fin y al cabo, es mejor jugar en casa que ser el visitante. De todos modos, iré con gafas de sol y el bigote postizo de mi abuelo.
Imposible aparcar, debería haber venido a pie, pero con el calor que hace, se me habría despegado el pegamento, imposible tomar ese riesgo. Al fin, alguien se va...oh, no sólo dejaba la chaqueta. Días como hoy paraba el coche en medio de la calle y desaparecía. Pero mejor no llamar la atención. Ahora sí, un hueco libre en todo el centro, un milagro.
Me acerco al "Real", las 2 y media, la hora de los últimos cafés o los primeros "coñacs" de una tarde de dominó. Hay poca gente en el antro, así que me dirijo, como estaba programado hacia el fondo, y espero. El camarero me ve pasar pero al ver mi indiferencia sigue fregando la barra y con sus quehaceres.El local parece acogedor, con un aroma a diferentes tipos de café entremezclados con el ambientador de lavanda y almizcle. Saco el periódico, genial para camuflar el rostro y a la vez abrir mi campo de visión en el momento que desee. Parece una acción detectivesca, pero no soporto este tipo de citas enigmáticas en las cuáles esperan que vengas desprotegido a un lugar que apenas conoces.
A las 4 menos diez, el joven sirviente se quita el delantal y lo cuelga. Se despide de unos clientes, esperando el relevo. Y en ese preciso instante entra una mujer con un pañuelo en la cabeza y una bolsa de gimnasio y se queda hablando con el otro camarero hasta que se despiden. Han pasado unos meses. Al parecer ha cambiado de tinte de pelo, ya no es el mismo castaño, ahora es más claro, pero la fragancia personal que emana sigue conservándose. Y poco a poco, va fraguándose en mis fosas nasales y la inhalo. Es mi droga. Ya había olvidado todo este ritual, desde que la veía, la atracción se hacía cada vez más intensa. Y sigue igual de despistada, igual de preciosa. Parece no percatarse de mi presencia. Y bien, definitivamente, es ella. A partir de aquí no entra dentro de los planes, y ahora, ¿qué hago?
jueves, 11 de junio de 2009
Tardes de invierno tardío IV: Café Real
martes, 9 de junio de 2009
Él, ella y la doncella desamparada
Lee primero Ayer y sus dudas, Correr tras ella, o no? Esa es la cuestión, La otra versión y Tan fácil como una simple mirada (tómatelo con calma)
Al mismo tiempo que la señorita del tacón se colocaba bien el zapato en la distancia, ella bajaba por los escalones desgastados por el paso de los años, algo destartalada al andar porque no frecuentaba el uso del tacón, pero que le daba un aire bello, imperfecto y delicado. Pero daba igual, se quedó mirándola embobado, estaba preciosa, con su sonrisa, que tiempo atrás le recordó que era hipnotizante, sus ojos, su todo. Al principio se sentía reacio a establecer algún tipo de vínculo con ella, simplemente porque no eran los planes estipulados. ¿Y es que realmente hay algún motivo por el cual obedecer un plan que se ha hecho con el uso de la razón y no con el corazón? Algunos dirán que sí, porque el ser racional puede con todo, es fuerte, mientras que el que se deja seducir por lo banal es débil, inmoral o, si más no, irracional. Pero realmente, en el amor no hay reglas, no hay planes previos, solo analogismos, que tan cierto puede ser algo como su contrario. En definitiva, no tenía razón alguna para evitar aquella situación.
En este caso, ella fue la que dió el primer paso, se le acercó por detrás, hasta que notara su aliento y le posó las manos sobre los hombros. Él se giró asombrado, porque no la esperaba, simplemente divisaba al infinito pensando en aquella chica que lo ignoraba, la que le impedía compartir miradas con otra, el muro irrompible hasta esa altura de la noche. Ella y su sonrisa, sus ojos verdosos con una manchita marrón en el iris, que la diferenciaba de cualquier otra mirada. Una mirada intensa, llena de energía, que te lo decía todo con ella. Hablaron y hablaron, hasta saciar sus deseos mútuos. Más tarde, la música hizo presencia y los cuerpos empezaban a ondularse al ritmo de la samba, del reggae o del pop-rock. Ellos se cantaban versos de enamorados, versos llenos de intención y delicadeza. Ambos sonriendo, ambos cantando, felices como nunca, inmortalizando aquellos momentos para el resto de sus vidas y esperando que llegase el verso siguiente y aumentar la intensidad de la situación. Realmente, la chica del tacón tenía motivos para largarse de aquel antro y no volver más, pero no merecía otra cosa. Hay veces que sin ningún motivo te encuentras en situaciones desagradables, pero aquella, se lo ganó a pulso. Y se largó.
Entonces, la preocupación que todavía resurgía en leves oleadas en el interior del chico, cesó por completo. Ya no merecía a aquella chica que corría bajo el bulevar, ya solo merecía destruir el muro, recuperando así, los momentos perdidos que tantas noches le había arrebatado la "diva" y aprovechar cada instante compartido con ella a lo largo de la noche, la que en otros lugares responde al nombre de "Vereta"...
Todavía faltan muchas líneas por escribir, del amor entre ellos dos, pero cuenta la leyenda que sus almas nunca envejecieron y por eso, todavía se dice que esas dos almas pululan de entre los vivos, para unirlos de vez en cuando, al azar. Y sin saber muy bien cómo, un día te levantas y notas una atracción irrevocable por la chica de al lado. No hay explicaciones científicas, sólo que juntas pueden causar tan gran poder de atracción que emanan juventud, bienestar y felicidad. Y cuidado, el día menos pensado puedes caer amarrado en sus garras y, cierto es, no desearás salir de ellas.Fin de la historia, algunos hechos están basados en la realidad y otros, porqué no, podrían ser posibles... (aunque algo improbables). A continuación vuelve "Tardes de invierno tardío" y posteriormente habrá un parón de una semana y media más o menos por el viaje que realizaré, aunque se puede extender de manera indefinida debido al verano... Quién sabe, de todos modos intentaré estar...
Un saludo!
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domingo, 7 de junio de 2009
Tan fácil como una simple mirada
Lee primero Ayer y sus dudas, Correr tras ella, o no? Esa es la cuestión y La otra versión (tómatelo con calma)Su camino desembocó a un lugar nunca antes visitado. Quizá por falta de tiempo, por falta de ganas, nunca estuvo por allí, y dió la "casualidad" que unas mensajeras se presentaron por aquel lugar. ¿Mensajeras de quién? ¿Mensajeras del diablo?, ¿del vigilante?, ¿del cotilla?, no se sabe, o simplemente se dejaron caer por allí. Esperaron al acecho, hasta que se quedó solo para acercarse e insistirle en que siguiera intentando, que aunque ella se hubiera ido, no significaba que no deseara estar con él, simplemente que era una mujer difícil. El chico ya estaba demasiado harto de tantas falsas esperanzas, ya no servían de nada. Quizá ahora, el peor error ya no fuera que él no salió corriendo tras ella, sino que ella no se debiera haber marchado. Y es que a veces, hacen más daño las esperanzas que la cruda realidad.
Pero él se extrañó, las dos no se movían de su campo de visión. Se sentía vigilado," ¿pero qué creen que hacen?, ¿acaso aquella que marchó tendría algo que ver?" Le asaltaron las dudas, pero ya no tenían el suficiente peso para detenerlo. La noche había tomado una dirección inesperada. De hecho, él había pensado hacer todo lo contrario de lo que finalmente hizo y no se arrepintió, ni mucho menos. Se dió cuenta de que a su lado hay personas que valen mucho más que una pobre chica que va de diva por la vida. Gente con la que se sentía correspondido, gente a la que realmente quiere y aprecia. Sí, al fin y al cabo, que se fuera por donde había venido, no fue una mala decisión. Una decisión que le abrió los ojos para tumbar el muro que ocupaba gran parte de su espacio, un muro que tapaba muchas de las delicias que ahora le rodean.
Ahora él ya no la buscaba para dejar de vivir entre grises. Ahora le daba igual que fuera blanco o negro, sólo le quería agradecer el esfuerzo empleado para ignorarle con tanta sutileza y prepotencia, porque, a veces las guerras se ganan sin llegar a la batalla, incluso sin el diálogo..., con una simple mirada. Una mirada de las que no hacen daño porque te petrifican por dentro y ni te enteras.
Adiós...
Continuará...
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